Baria, ciudad del mar

«Cuando llegué aquí, a finales del siglo XIX, supe que bajo estos campos dormía una ciudad. Nunca imaginé todo lo que íbamos a encontrar.»Luis Siret
Hace más de 2.700 años, unos navegantes fenicios eligieron esta costa. No fue casualidad.
Cuando los primeros fenicios arribaron a la desembocadura del Almanzora, en el siglo VII a. C., lo que hoy llamamos Villaricos no era más que un puñado de aldeas junto al río. Pero tenían lo que un pueblo de mar necesita: un refugio natural frente al Mediterráneo, tierra fértil para cultivar, pesca abundante y, sobre todo, Sierra Almagrera a la espalda — plata y galena al alcance de la mano.
Los recién llegados no vinieron a conquistar. Comerciaron con los nativos, se instalaron, aprendieron del terreno. En pocas generaciones la aldea se había convertido en una ciudad con nombre propio: Baria. Una colonia fenicia con calles estrechas, casas en terrazas, un barrio industrial de alfareros y fundidores, factorías de salazón junto al mar y templos consagrados a Astarté, la diosa que protegía los puertos. Baria acuñó moneda propia, abrió rutas, recibió viajeros de todo el Mediterráneo.
Duró catorce siglos.
La ciudad fenicia

«Una ciudad no son solo piedras. Son calles por donde alguien caminó, hornos donde alguien coció barro, telares donde alguien tejió.»Luis Siret
Calles estrechas, casas en terrazas, talleres al borde del mar. Así se vivía.
Caminando por Baria en sus mejores siglos encontrarías viviendas pequeñas ordenadas en terrazas que aprovechaban la pendiente hacia el mar. Las calles eran estrechas y sombreadas, pensadas para refugiarse del sol de Almería. En un extremo, el barrio industrial: hornos de cerámica donde los alfareros fabricaban las ánforas que viajarían por medio Mediterráneo, y talleres de fundición metalúrgica donde se trabajaban el bronce, la plata y el plomo.
Junto al mar, las factorías de salazones preparaban pescado en salmuera — una exportación estrella de Baria, que abastecía ciudades romanas y púnicas. En las terrazas domésticas se hacía la otra mitad de la vida: se tejía en telares verticales, se molía grano, se cocinaba en hornos de barro, se criaban cabras.
La ciudad tenía también su zona sagrada, con templos y algún santuario, y su necrópolis al norte: los muertos, bien situados, acompañaban a los vivos desde una colina.
Los hipogeos — la ciudad de los muertos

«Si hay un lugar en Baria donde la piedra habla, es éste. Cámaras excavadas en la roca para guardar a los muertos — y sus historias.»Luis Siret
Cinco cámaras excavadas en la roca. Un monumento funerario único en el Mediterráneo occidental.
En el borde norte de la ciudad, excavados directamente en la roca caliza, los bariense abrieron cinco hipogeos — cámaras subterráneas para guardar a sus muertos ilustres. Se accede a ellos por estrechos corredores con escalones labrados en la piedra. Dentro, las paredes se abren en hornacinas y bancos donde se colocaban las urnas funerarias, sarcófagos y ofrendas: monedas, vasos cerámicos, huevos de avestruz, pequeñas joyas.
Algunos hipogeos conservaban pinturas murales: la palmera sagrada — árbol de la vida —, figuras de Astarté, escenas de navegación. Una iconografía fenicia que en muy pocos lugares de la península se ha conservado con tanta claridad.
Los hipogeos de Villaricos son hoy uno de los conjuntos funerarios fenicio-púnicos más importantes del Mediterráneo occidental. Son también, junto a la torre y al centro de interpretación, lo que un visitante puede ver en persona — la puerta física a todo lo que hay debajo. Y son, sobre todo, un recordatorio: lo que ves es solo lo descubierto. La inmensa mayoría de la necrópolis sigue bajo tierra.
Trabajar el mar, la tierra y las minas

«Los fenicios no fundaron Baria por casualidad. Tenían plata bajo los pies y pesca delante.»Luis Siret
Baria no existe sin las tres cosas que tiene debajo, delante y detrás.
La economía barienense es un caso de escuela de aprovechamiento del territorio.
Del mar sacaban pesca abundante — atún, sardina, anchoa — que transformaban en salmueras y garum para exportar. Las factorías de salazón se convertirían, siglos después, en un referente del Mediterráneo romano.
De la tierra, cereales, legumbres, olivos, vid, higueras y almendros. Los fenicios introdujeron algunos de estos cultivos que aún hoy marcan el paisaje de Almería. Criaban vacas, ovejas, cabras y gallinas.
De las minas de Sierra Almagrera — espina dorsal de la comarca — extraían plata y galena. Esa plata es, probablemente, la razón principal por la que los fenicios fundaron una ciudad aquí. Con ella acuñaron moneda, compraron rutas y sostuvieron el comercio.
Navegar el Mediterráneo

«Baria no fue un pueblo aislado. Fue una estación en una red que iba de Tiro a Cádiz.»Luis Siret
Una ciudad-puerto no es una ciudad sin sus rutas. Baria tenía las suyas.
Los fenicios eran los grandes comerciantes del Mediterráneo antiguo, y Baria formaba parte de su red. Sus barcos unían esta costa con Gadir (Cádiz), Malaka (Málaga), Sexi (Almuñécar), con Cartago en la costa africana, y con las ciudades madre del Levante: Tiro, Sidón, Biblos.
De Baria salían ánforas llenas de salmuera, lingotes de plata, cerámica. Llegaban telas teñidas con púrpura de Tiro, marfiles, aceites perfumados, objetos de lujo, ideas, lenguas. Con las mercancías viajó también una de las herencias más decisivas de la humanidad: el alfabeto fenicio, padre de nuestro propio alfabeto, que convirtió la escritura — antes reservada a escribas — en una herramienta de comercio que cualquier marinero podía aprender.
Baria no era un pueblo de agricultores aislados. Era un nodo cosmopolita del Mediterráneo.
Astarté y los dioses

«En la moneda acuñada aquí está la diosa. Y en el reverso, la palmera. Eso era Baria.»Luis Siret
Plata en la montaña, comercio en el mar, Astarté en el templo. Los tres pilares.
En lo más alto de Baria los fenicios levantaron un templo dedicado a Astarté, su diosa principal aquí: protectora de la navegación, de los puertos, de la artesanía y del comercio. La imagen que se escoge para representar la ciudad no es casual — Astarté aparece en una cara de la moneda de Baria acuñada en la propia ceca local; en la otra cara, una palmera con frutos — el árbol de la vida, que simboliza la fertilidad, la continuidad, la promesa.
Esos dos símbolos — la diosa y el árbol — cuentan quién era Baria: una ciudad que se pensaba a sí misma como próspera, sagrada y conectada con el mar. Cuando Roma llegue, una de las primeras cosas que hará será cerrar la ceca. Quitarle a Baria el poder de acuñar su propia moneda era quitarle una parte importante de su identidad.
Cuando llegaron los romanos

«La Segunda Guerra Púnica lo cambió todo. Pero Baria no murió con Cartago — vivió otros ocho siglos bajo Roma.»Luis Siret
Segunda Guerra Púnica. Baria apostó por Cartago. Y perdió.
Durante la Segunda Guerra Púnica (siglos III-II a.C.), Baria se alineó con el imperio cartaginés contra Roma. Era una apuesta razonable — los cartagineses eran fenicios como ellos, aliados culturales. Pero la guerra la ganó Roma. El general Publio Cornelio Escipión tomó la ciudad.
Baria pasó a ser una civitas stipendiaria — una ciudad sometida, obligada a pagar tributo. Roma confiscó las minas de Sierra Almagrera y cerró la ceca: la plata y la moneda, las dos grandes fuentes de poder de Baria, quedaron en manos del Estado romano.
Pero la ciudad no murió. Siguió viva durante siglos bajo dominio romano, cambió de forma, trasladó su centro un poco al oeste, reorganizó el área pública y siguió produciendo salazones, exportando, comerciando. La Baria romana no es un final: es otra capa encima de la fenicia.
El largo olvido

«Cuando yo llegué, mil años después del último bariense, nadie aquí sabía qué pisaba.»Luis Siret
Entre los siglos V y VIII, Baria se apagó. Y pasaron catorce siglos sin que nadie supiera su nombre.
Desde finales del siglo III d.C. la ciudad empezó a achicarse. El Bajo Imperio romano trajo crisis, inseguridad y desplazamientos. Los bariense fueron abandonando la vieja ciudad y ocupando otros emplazamientos — entre ellos el Cerro Montroy, en las inmediaciones. En algún momento entre el siglo V y el VIII d.C., la Baria original quedó deshabitada.
Y ahí empezó el largo olvido. Los musulmanes pasaron por la zona, los cristianos llegaron después, los Reyes Católicos, los siglos modernos… y durante más de mil años nadie recordó que bajo esas tierras había dormido una ciudad fenicia de catorce siglos de historia. Villaricos siguió viviendo encima, de la pesca y la minería, sin saber qué pisaba.
Hasta que alguien, finalmente, se paró a preguntarse qué era ese montículo.
Redescubrir Baria

«Después de Siret vinieron otros. Y seguimos. Porque aún hay más Baria bajo tierra que sobre ella.»Juan Grima
Tres generaciones de arqueólogos. Tres siglos de pasión. Y aún queda muchísimo bajo tierra.
A finales del siglo XIX, un ingeniero de minas belga llamado Luis Siret empezó a excavar en Villaricos. En las décadas siguientes documentó unas 2.000 tumbas fenicias y romanas, delimitó zonas de la ciudad antigua y dejó miles de piezas catalogadas. Su trabajo fue inmenso. La arqueóloga Miriam Astruc continuó el análisis de los materiales.
Luego vinieron décadas de silencio. Hasta que en 1975 la arqueóloga Josefa Almagro retomó las excavaciones, centrándose en la necrópolis y en los estudios de numismática, joyería y gastronomía fenicia. Su libro «La necrópolis de Baria» fue determinante para que el Ministerio de Cultura entendiera la dimensión del yacimiento y lo protegiera.
En 2005, Baria fue inscrita como Zona Arqueológica en el Catálogo de Patrimonio Histórico Andaluz. La obligación de realizar excavaciones previas a cualquier obra ha permitido que, en los últimos años, siga saliendo a la luz información nueva — y quede claro que lo que tenemos en Villaricos es excepcional.
Y aún así, la inmensa mayoría de Baria sigue bajo tierra, por excavar.
La torre que salvó Baria

«La torre lo hizo durante doscientos años. Ahora nos toca a nosotros.»Juan Grima
Si hoy podemos hablar de Baria es porque, durante dos siglos, una torre impidió que nadie construyera encima.
En 1762, para defender la costa de los ataques de piratas berberiscos, el ingeniero militar Antonio María Bucarelli propuso levantar una torre en la Punta del Cristal, a doscientos metros de la desembocadura del Almanzora. El proyecto fue firmado por José Crame en 1765 y la obra se terminó entre 1770 y 1772, durante el reinado de Carlos III. Así nació la Torre de Villaricos — también llamada Torre de Cristal: una fortificación de planta de pezuña, dos plantas abovedadas, azotea con dos cañones apuntando al mar.
Y con ella nació algo que, sin que nadie lo supiera, iba a convertirse en la mayor suerte histórica del yacimiento: la servidumbre militar. Alrededor de la torre no se podía edificar. La zona tenía que permanecer despejada para que los centinelas pudieran ver el horizonte y los cañones tuvieran línea de tiro. Durante más de dos siglos, nadie construyó nada en sus alrededores. Y durante todo ese tiempo, justo bajo esos campos vacíos, la antigua Baria siguió durmiendo intacta.
Cuando la torre dejó de tener función artillera, siguió siendo militar: en los siglos XIX y XX fue cuartel de la Guardia Civil, lo que prolongó la prohibición de obras. La tierra quedó sin tocar. El patrimonio, enterrado y a salvo. Los hipogeos, los templos, las necrópolis, las calles fenicias y romanas, todo esperando a ser redescubierto sin que ninguna obra hubiera destrozado la estratigrafía.
Hoy la torre está restaurada y alberga el Centro de Interpretación de la Arquitectura Defensiva de la Costa. Ya no defiende contra piratas. Pero durante dos siglos, sin saberlo, hizo algo que ninguna ley de patrimonio había hecho: salvar Baria.
El momento presente: la amenaza

«El día 1 de diciembre, aprovechando que todo el mundo estaba de vacaciones, veinte camiones de alto tonelaje con cuatro máquinas empezaron a demoler el yacimiento. Alquilamos un avión ultraligero para fotografiarlo.»Juan Grima
Y ahora, cuando la torre ya no la protege, podemos perderla.
Baria sobrevivió a los cartagineses, a los romanos, a los visigodos, al olvido de mil años, a los siglos XIX y XX. La torre de Villaricos la protegió sin saberlo durante doscientos años más. Pero podría no sobrevivir a nosotros.
El yacimiento está hoy bajo presión. La zona arqueológica protegida convive con el casco urbano de Villaricos, con proyectos urbanísticos que no siempre respetan su valor, con excavaciones previas insuficientes, con falta de vigilancia, con expolios documentados, con un plan de protección que necesita actualización urgente, con administraciones que a veces miran hacia otro lado. Cada obra, cada movimiento de tierra en la zona, cada casa construida sin supervisión arqueológica real, puede destruir para siempre lo que catorce siglos de historia — y una torre de vigilancia — preservaron.
Baria se juega su futuro hoy. No dentro de un siglo. Hoy.
Quienes defendemos Baria

«Somos pocos, pero llevamos veinte años aquí. Y no nos vamos a ir.»Juan Grima
Detrás de esta página hay una asociación. Vecinos, historiadores, profesores, gente de Almería y de fuera que lleva dos décadas defendiendo Baria.
Unidos por Baria es una asociación ciudadana sin ánimo de lucro. Llevamos años exigiendo que el yacimiento se proteja como merece. Hemos presentado manifiestos, reunido a más de 17 asociaciones firmantes, hablado con la prensa, con la Delegación de Cultura, con los partidos. Hemos logrado paralizar obras que hubieran arrasado sectores completos del yacimiento. Seguiremos.
Nuestro objetivo último es convertir Baria en un Parque Arqueológico de referencia, con túneles mineros conectando la necrópolis y la zona de templos, con investigación activa, con visitas guiadas, con empleo local y orgullo comarcal. Un lugar que Almería pueda enseñar al mundo.
No se llega solo. Hace falta una ciudadanía que lo reclame.
Puedes hacer algo por Baria
No hace falta ser arqueólogo ni historiador. Hacen falta ciudadanos que no dejen caer lo que ya duró catorce siglos.
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